17.7.09

Los días de lluvia lee tus pupilas negras. Ella busca las grietas de la tierra, bucea en sus abismos húmedos, que son los mismos que los de tus ojos. Ella, con el cuerpo abierto, encuentra retazos de la verdad necesaria, oculta, y más que nada ocultada. Los años no traen el polvo, el polvo lo traen los asesinos del tiempo. Ella te pregunta cómo podría ser posible que termine la historia si en tu propia sangre sentís el universo, si tus pies todavía se mueven y tus manos no tienen miedo de quemarse con el sol.
Ella te mira y vos la ves, pero no es sólo ella quien te mira. Escondidos en las esquinas y en las hojas de los árboles, miles de ojos quieren encontrarse, encontrarte. “Mírense tranquilos” dicen los cínicos, que saben que con mirar nada cambia. Pero lo que ellos no saben es que de esos ojos van a crecer brazos, que ya no van a mirarse solamente.
Ella susurra en tu pelo verdades suyas y tuyas, ella y muchos otros susurran verdades nuestras.
Un día de lluvia, estalla el silencio en un grito.

18.6.09

Descubrí una imagen dormida, desperté esa imagen de sueño. Ni adentro ni afuera de la mente, memoria del olvido. No cerré ni abrí los ojos para mirarla, era imposible de mirar. Se olía, se escuchaba.
Era la foto de un lugar idéntico a mí, la emoción condensada, el espacio sin ocupar. Era sonido de una guitarra maquillada, una canción vestida de imagen, que dolía profunda y encantaba enferma como la dulzura de la sangre.
La imagen me comprendía, me contenía, pero yo pensaba, horrible negación, pensaba que ella no existía, que era ilusión o fantasía, que ella no existía pero después creía que era pura existencia, después la perdía en el abismo que se abre entre el instinto y la gente.

29.4.09

Una idea: olvidarme de la idea hasta que sólo haya sensación.

O quizás.

Una idea: la sensación es la inevitable consecuencia de la idea, el resto no es más que instinto.


De esto, una pregunta: ¿Le escapo a la necedad o a la decisión?

6.4.09

Ellos dicen que el progreso. Ellos dicen, saben, hablan del progreso. Y ellos piensan que la razón. Ellos saben que la razón. Ellos creen que pensar es más humano que sentir, y que calcular es siempre mejor.
Ellos dicen que el progreso. Ellos dicen, saben, hablan del progreso. Y ellos piensan que el progreso de la humanidad y el hombre. Ellos creen que el adulto es más que el niño, el niño que no es persona sino niño, el niño que todavía no sabe, no dice, no habla, el niño incompleto, el niño animal. Ellos se olvidan del olvido.
Ellos dicen que el progreso. Ellos revelan verdades pero sus verdades ocultan, y en sus verdades se esconden. Ellos no saben que nacemos del sexo y no de la ciencia. Ellos ignoran que venimos de la sangre, que somos hermosos de tan sucios, de tan manchados. Ellos no entienden que la carne es la madre del espíritu.

Ellos allá, y de nuestro lado el mundo.

16.3.09

Este viento es otro. Como si tuviera otro nombre, como si mereciera tener otro nombre. Quizás que se llamara memoria o nostalgia o incluso navaja tendría más sentido. Todo es tan ridículo algunas veces. Como si esto se pareciera al viento de Buenos Aires o al de la Cordillera de los Andes, como si se les asemejara aunque fuera en lo más mínimo. El culpable es nuevamente el lenguaje, por pobre y por idiota, por ser totalmente inútil. Eva, por bronca y por necesidad, deja de llamarlo viento para llamarlo navaja, aunque eso implique alejarse aún más del mundo y de la gente del mundo.
Lo que importa es que la navaja acaricia sólo el cuello de él, deslizándose entre sus arrugas, hasta hacerlo explotar de frío y de sal. Ella ve el pasado, le teme sin siquiera entender por qué. No es miedo al pasado en el futuro, no es miedo a volver a cometer los mismos errores, a caer una y otra vez en las mismas estupideces. Es un pánico calmo y monstruoso, apenas humano. Lo que la acecha es aquello que mejor conoce, años atrapados en un frasco con formol, quedados en el tiempo, como una secuencia de imágenes que se repite durante horas en una película muda.
Él mira el mar. Él mira el horizonte como quien mira una taza de café, como quien mira cualquier objeto comprado un día de lluvia o regalado por alguna de esas tías viejas y perfumadas, él sin darse cuenta de lo imbécil que es para el resto, de la pérdida de tiempo que significa quedarse semanas mirando una taza de café mojada. Él no es consciente y por eso es feliz. Dejó de perseguir al tiempo, y quien no es perseguido tampoco puede escapar (esconderse, correr, pero jamás escapar, delirios paranoicos del tiempo quizás, pero jamás escapar).
Eva lo mira de lejos. Algunas noches ella es cómo él, al menos un instante antes de dormirse, o tal vez uno después. La noche es sabia, piensa Eva. Pero sus días son necios y los de él (y esto ella lo sabe a pesar de que no hayan cruzado ni una palabra, ni una mirada), los de él son reales.

22.2.09

Lloré hasta encontrarlas.
Hormigas pequeñísimas caminando en mis manos,
caminando ellas y yo quemando el pasado.
Hermosas sin lastimar,
negras y rojas sin lastimarme,
y yo soñando despertar de un sueño inconcluso,
yo durmiendo en un sueño de ciegos.
Mugrosa tristeza de ciudad.
Basura de pies mojados,
basura de cuerpos y de noches,
basura de tu voz que me habla de la luz.
Basura, porque hace años que no existe el tunel.

23.12.08

Yo estaba pensando en el señor que mueve los hilos en mi cabeza, cerraba y abría los ojos y veía al señor ahí adentro, ese señor de historieta, con muchos dedos en las manos, ese señor de esa historieta.
Tantos hilos como ideas, tantos hilos como huesos, músculos y articulaciones. Miles, miles de hilos.
Yo estaba pensando en el señor, y lo dibujaba con mis manos en el boleto del colectivo. Quise dibujar un perro a su lado pero no supe cómo hacerlo, no entendía si el señor era un átomo o un universo, o ninguna de las dos cosas, si en realidad era sólo un señor, tamaño estándar, o si él era el perro.
El colectivo chocó y yo vi al señor apretando el acelerador frente al semáforo color rojo, pero eso que yo había visto no valía ni un centavo, no servía de nada, si yo no manejaba, si el señor de adentro no manejaba. No, era el reflejado y el reflejo, el señor de afuera. Él tenía la culpa del accidente.
¿Pero a quién patear primero? ¿Se iría el señor de adentro si yo golpeaba al señor de afuera? Sí, posiblemente, pero ya no sabía como encontrar a ninguno de los dos. Y claro, esos señores son como los nenes, te descuidas un instante y terminas gritando como un animal, buscándolos un viernes a las cinco de la tarde en la calle Florida. Y lo peor es que vas a buscar eternamente, nunca te vas a dar cuenta de que los nenes todavía te están apretando las manos.

16.12.08

Enloquecer envuelta en pensamientos inútiles, nada más que miles de instantes muertos, sin historia y sin futuro. Vomitar metáforas baratas, adormeciendo mi cabeza desesperada, anestesiando los ojos de las neuronas que se atreven a mirar a la idiota inmóvil que absorve la sangre, a la idiota que no siente, negadora infinita, a la estatua derretida que se hunde hasta ser olvidada.

9.12.08

Mejor es gritar, mejor que callar, mejor que haber muerto sin hablar.
Mejores los brazos del mar, mejores los ojos envueltos en sal.
Mejor es vivir, mejor que esperar, mejor que haber muerto detrás de un disfraz.
Y sin embargo, soy una máscara con voz de silencio.

20.11.08

Tan incoherente como estar moviéndose en círculos eternamente, mirando ese frío y dulce resto de café, mirando la historia para ver acantilados grises en días nublados. Tan irreal como encontrar mi pequeñísimo cuerpo violeta solo entre la niebla. Tan exacto y tan amargo, embebido de esta sensación ya ni alegre ni triste, ni viva ni muerta, ya no más que silencio. De tantas voces sólo murmullo, sólo mentira. Como el día y la noche, mentira. Como tu cara inexistente arañando y acariciando mi espalda. Como tu cara, no desvanecida, sino en ningún tiempo en ningún verbo, fuera de lugar, descuartizando lombrices y mordiéndome las manos. Tu cara, esclava rebelde. Inexistente incluso en la mente, incluso en mi mente, en mi espíritu aplastado, sin imagen y sin sonido. Tu cara arrinconada en cada esquina, todas las horas, esperándome impaciente.
¿Será que así se siente el vacío?

25.10.08

Fantasmas mudos de la música muerta, agujeros rojos en la pintura ciega de mis ojos.
Esta mañana, observándome desde el agua que moja mi rostro.
Fantasmas que discuten el mundo que esconden debajo del arte.
Decir belleza olvidando al hombre, decir belleza comiendo hambre, decir belleza para seguir siendo esclavos.

16.10.08

Escribir aunque haya que arrancarle
las ideas a la tierra,
las raíces a los árboles.
Escribir aunque haya que alzar
piedras para encontrar sentido,
mentiras para buscar verdad.
Escribir e ignorar
los dedos sangrantes,
el rostro helado,
el alma quemándose.
Escribir y erguirse frente a los ojos que nos observan.

7.10.08

No más noches de ciudad, no más lámparas brillantes.
Nunca de nuevo el reflejo del televisor en la luna, nunca.

No más pantallas pálidas, no más luces, no más mentiras.
Nunca de nuevo el alma huérfana de la industria, nunca.

Sólo buscar el lugar en donde la noche todavía es noche.

5.10.08

Era de noche y hacía calor. Sus pensamientos parecían repetirse, sus piernas se desesperaban otra vez, se descontrolaban, caminaban por el inmenso patio de la casa, recorrían todos los rincones, pisaban las flores. Irene lloraba, con la certeza de que estaba pariendo cada una de sus lágrimas, pariendo bebes gigantes y muertos. Quería engañarse pero ya no podía, mentirse hasta que sonara el teléfono, hasta que decidiera en qué lugar esconder esa asquerosa masa de sensaciones, esa gelatina que era ella y que ya no soportaba más.
Su madre estaba recostada en el sillón, gritando, muriendo de dolor. Irene la escuchaba, como todas las noches la escuchaba, enferma, cerca de la muerte pero adentro de la vida. Y la atormentaba el deseo que no podía ocultarse, la enloquecían esos sueños en los que cortaba la carne de la que se había desprendido. No era estúpida, sabía lo que querían decir, y se tenía miedo.
Se había convertido en una mujer extraña hasta para ella misma, en una selva indescifrable, impenetrable. Era un reflejo de lo que había sido, una sombra gris de ese cuerpo multicolor. Era un edificio construido con sus propios escombros. Era un túnel sin salida, sin entrada.
Irene se tenía miedo. Necesitaba hablar con alguien, hablarle a alguien, y ya hacía rato que había perdido el temor al mundo, ya hacía horas que ella era el único peligro.
Se bañó con agua helada y se acordó del bar de la estación, se acordó de que a las 4 de la mañana estaba abierto, lleno de borrachos y ladrones, lleno de viejos, lleno de hombres. Le resultó sensato. Salir, emborracharse, despertarse en alguna habitación sucia, irse en silencio.
Eso hizo, eso quiso hacer, pero lo miró mientras él dormía, sobre esas sábanas manchadas y húmedas. No parecía tan borracho, ni tan viejo ni tan ladrón. Irene no se fue en silencio, ni siquiera se fue haciendo ruido. Se quedó con él toda la mañana, mirándolo hasta que se despertó y se fueron los dos.
Ella llegó a su casa y sonrió. No por él, sino por que había descubierto una obviedad en la que jamás había reparado, una obviedad que iba a ser su respuesta, su solución. Las caras durmiendo, la gente durmiendo.
Nadie, nadie le había dicho, ni sus amigos, ni sus novios, ni su propia madre. Era una receta infalible, un paisaje irreal: las pupilas ocultas, los parpados cerrados, la mente ajena, lejana, la suavidad del sueño. Durmiendo incluso ella era inofensiva.
Decidió comprar pastillas para dormir, y sus últimos días los pasó despertándose sólo para servirse un vaso de agua, tomarse una pastilla y volver a la cama. Y fueron cada vez más pastillas, y durmió tanto que llegó a la muerte.